EDUCACIÓN EN DIOS: EDUCAR DESDE LA TENSIÓN TEOLÓGICA DE LA CONDICIÓN HUMANA

EDUCACIÓN EN DIOS: EDUCAR DESDE LA TENSIÓN TEOLÓGICA DE LA CONDICIÓN HUMANA
Publicado en 01st April, 2019 por admin

TEOLÓGICA DE LA CONDICIÓN HUMANA
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Mag. Bernardo Alejandro Nogales Guardia
Decano académico del SEBIUCE
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Palabras clave

Imago Dei, Depravación total, Pedagogía trinitaria, Dignidad humana, Pecado y redención, Currículo teológico, Rol del maestro, Espíritu Santo en la formación, Esperanza educativa

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Resumen

Se plantea una “educación en Dios” fundada en la tensión sagrada entre dos doctrinas que estructuran la antropología cristiana: La Imago Dei y la depravación total. El autor sostiene que ignorar cualquiera de estas verdades produce distorsiones pedagógicas, por un lado, un optimismo ingenuo que subestima el poder del pecado, y por el otro, un pesimismo que niega la dignidad y el potencial humanos. Desde una perspectiva trinitaria, se propone una pedagogía que integra mente, corazón y manos, y que configura el aula como “terreno santo” donde se enseña, acompaña y adora.
En el plano curricular, se argumenta que todo diseño expresa una teología y, por ello, se debe cultivar la dignidad humana y a la vez tratar el quebranto, incorporando contenidos, prácticas y evaluaciones que favorezcan la reflexión bíblico-teológica, la autoconfrontación y la vida comunitaria. En este sentido, el rol docente, se privilegia de una autoridad servicial que corrige sin humillar y modela el carácter de Cristo. Finalmente, se subraya el protagonismo del Espíritu Santo como agente indispensable de discernimiento y transformación, evitando que la formación teológica se reduzca a un simple ejercicio intelectual. Educar, así entendido, es un acto de esperanza, una colaboración humilde con el Dios trino que busca restaurar su imagen en los estudiantes y convertir cada clase en una ocasión de gracia y cambio.

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Introducción

En estos trece años de estar involucrado en la formación teológica, puedo decir que hay dos ideas que han moldeado profundamente mi forma de enseñar teología: Como seres humanos, hemos sido creados a imagen de Dios, y que todos estamos profundamente marcados por el pecado. Estas dos verdades (la Imago Dei y la depravación total) a veces parecen estar en tensión. Una nos habla de la dignidad del ser humano, mientras que la otra nos trae a la memoria la triste realidad de nuestra miseria. Aunque ambas verdades referencian dos enseñanzas aparentemente contrarias, la realidad es que juntas forman una base sólida para una educación en Dios que es tanto esperanzadora como realista.
Mi experiencia como maestro y líder en contextos pastorales me ha mostrado que cuando ignoramos una de estas verdades, nuestra enseñanza inevitablemente termina por desequilibrarse. Por ejemplo: Si solo hablamos de la dignidad humana, podemos caer en un optimismo ingenuo que subestima la realidad y el poder del pecado. Por otra parte, si solo hablamos del pecado, corremos el riesgo de perder de vista la belleza y el potencial que Dios ha puesto en cada persona. En cambio, si logramos mantener y sostener ambas verdades en una correcta tensión, surge una educación en Dios, que transforma e impacta vidas, que reconoce la dignidad con humildad, y la necesidad de redención con esperanza.
Este escrito nace buscando un acercamiento a comprender esta tensión: Somos imagen gloriosa y ruina trágica al mismo tiempo. Por eso, enseñar en Dios es un acto de profundo realismo, pero también de profunda esperanza. La pedagogía cristiana, cuando se basa en una comprensión trinitaria de Dios y del ser humano, se convierte en una experiencia de gracia que reconoce tanto el potencial como la necesidad de redención que hay en cada estudiante.
A lo largo de las páginas que siguen, exploraremos cómo estas verdades fundamentales de la imagen de Dios y la depravación total dan forma al aula, al currículo, al rol del maestro y a la presencia del Espíritu Santo en el proceso de formación. No desde una teoría abstracta, sino desde la convicción de que cada clase puede ser terreno santo donde Dios sigue obrando. Por lo tanto, este artículo no es un llamado reservado a teólogos expertos, sino a todos los que creemos que enseñar es, al mismo tiempo, sembrar, acompañar y adorar.
 

Un maravilloso regalo en el aula

Cuando un docente mira a sus estudiantes, no ve solamente a jóvenes o adultos en formación académica, más bien contempla personas creadas por Dios, con una capacidad inmensa para amar, crear, pensar, servir y relacionarse. La Escritura nos recuerda que fuimos creados “a imagen y semejanza de Dios” (Gn 1:26-27),[1] una afirmación que no solo define nuestra identidad, sino que también nos confiere un valor inalienable. Ser imagen de Dios no es una cualidad opcional ni un logro personal, sino más bien, es un regalo que expresa la intención amorosa del Creador hacia cada una de sus criaturas.
El principio fundamental de la fe cristiana según Anthony A. Hoekema, y a la luz del espíritu de la Reforma, es que esta imagen, aunque fue empañada por el pecado, no ha sido anulada por completo,[2] es allí donde la educación en Dios reconoce que en el ser humano más herido, más confundido o alejado de Dios, sigue habiendo ecos de esa imagen divina clamando desesperadamente por redención. Esta verdad no puede reducirse a capacidades racionales o individuales, sino que requiere verse desde una perspectiva relacional y trinitaria. Lucy Peppiatt aclara que para comprender la Imago Dei, es necesario contemplar la Imago Christi, siendo consciente de que esta última modifica y define a la primera y viceversa gracias al morar del Espíritu Santo.[3]
Para el educador cristiano, esta verdad cambia radicalmente la manera de concebir su llamado, ayudándonos y desafiándonos a comprender que no enseñamos a objetos neutros de conocimiento, sino a personas que llevan en sí mismas la dignidad del Creador. Este reconocimiento exige que el aula sea mucho más que un espacio de transmisión de información, demandando convertirse en un entorno sagrado donde se honra al otro, se fomenta el diálogo, se reconoce la diferencia, y se promueve la creatividad. En otras palabras: La tarea de un maestro consiste en ayudar a formar no solo la mente, sino el corazón y el carácter, fomentando la sensibilidad de cada individuo hacia la cultura y los demás.[4]
Por eso, enseñar desde esta comprensión integral de la imagen de Dios es un acto profundamente espiritual, que busca afirmar con cada palabra, evaluación, y retroalimentación, que el estudiante es mucho más que números en su rendimiento académico. Todo individuo es alguien por quien Cristo murió y en quien el Espíritu Santo desea obrar, esa visión se alinea con una comprensión trinitaria de Dios “como comunidad de amor”,[5] en cuya imagen hemos sido creados y como docentes participamos como instrumentos. En este sentido, entonces, enseñar, se convierte en una participación humilde en el proceso de restauración de esa imagen, bajo la guía del Espíritu Santo y en dependencia constante del Dios que habla, forma y transforma a su pueblo mediante el ministerio de la enseñanza.
 

El gran desafío en el aula

Ahora bien, aunque la imagen de Dios está presente en sus criaturas; la realidad es que esa imagen maravillosa no está intacta. Está rota. El pecado ha dejado una marca profunda en cada uno de nosotros, y no somos como deberíamos ser (Ro 3:23). Esta es la enseñanza central de la doctrina de la depravación total, ahora bien, esto no significa que cada persona es lo peor que podría llegar a ser, sino que todas las áreas de su vida (la razón, las emociones, la voluntad, los afectos, las relaciones) han sido afectadas por la caída. En otras palabras, el pecado no solo nos separa de Dios, sino que distorsiona profundamente cómo percibimos la verdad, cómo nos relacionamos con el prójimo, cómo respondemos al llamado de Dios en nuestras vidas,[6] e incluso cómo aprendemos.
Esta fractura inevitablemente se manifiesta también en los estudiantes durante las clases. Hay días en que el desinterés reina, cuando algunos luchan contra la apatía, otros con el orgullo, otros con el temor al fracaso o con comparaciones constantes. Algunos también arrastran heridas no sanadas del pasado, que terminan proyectándose en su forma de aprender y relacionarse. Sin embargo, esta realidad no es exclusiva del estudiante, los maestros también traemos nuestras propias fracturas: Inseguridades, cansancio, perfeccionismo, o incluso heridas no tratadas que pueden manifestarse detrás de una figura de falsa autoridad. Entonces, entender a cabalidad la doctrina de la depravación total, nos evita de asumir una postura de superioridad moral, y más bien, como menciona Peppiatt, nos recuerda que todos estamos en necesidad constante de gracia y transformación.[7]
Comprender este desafío desde una cosmovisión trinitaria amplía aún más la profundidad de la teología educativa. Dios Padre nos creó a su imagen, pero esa imagen fue quebrada por el pecado. El Hijo vino a redimirnos, y el Espíritu ahora trabaja en nosotros para restaurar esa imagen conforme a Cristo (Ro 8:29). Por eso, una educación en Dios gira en torno a la Trinidad, y jamás es indiferente a la realidad del pecado, al contrario, te confronta con la verdad, pero también te abraza con misericordia. En este marco, la formación cristiana no es un simple proceso de transmisión intelectual, sino un espacio donde la gracia es tangible, donde el arrepentimiento es posible, y donde la restauración no es un concepto abstracto, sino una realidad esperada y acompañada con esperanza.
Es en este punto donde el rol del educador toma un giro profundamente pastoral, recordándole que no basta con dominar los contenidos de una materia. Enseñar desde esta visión es entrar con reverencia en el mundo interior de cada estudiante,[8] sabiendo que detrás de cada gesto hay una historia; es acompañar procesos, a veces lentos, otras veces dolorosos; es corregir con amor, afirmar con verdad, y esperar pacientemente los movimientos del Espíritu de Dios. Porque en la formación teológica, lo que está en juego no es solo el conocimiento, sino el alma del discípulo que Dios está formando para su gloria. La pedagogía trinitaria desafía a que cada clase se convierta en un acto de fe: Fe en que la Palabra sigue transformando, en que el Espíritu sigue obrando, y en que los corazones heridos pueden ser sanados mientras aprenden a conocer, amar y servir al Dios trino.[9]
 

La loable tarea antes del aula

En la educación en Dios, todo currículo expresa una teología; desde lo que decidimos enseñar, cómo lo organizamos, qué énfasis damos o qué omitimos. Todo esto revela profundamente qué creemos sobre Dios, el ser humano y la obra redentora de Cristo. El currículo, por tanto, no puede ser una lista neutral de contenidos, sino una declaración silenciosa pero poderosa de nuestras convicciones teológicas. Si aceptamos que el ser humano es portador de la imagen de Dios, entonces el currículo cristiano debe ser diseñado para reflejar y cultivar esa dignidad en todos los del aula. Esto implica que nuestras materias, metodologías y evaluaciones deben alentar el desarrollo integral de mente, corazón y manos trabajando en armonía.[10] Juntas, estas áreas deben estimular la creatividad, la exploración, el pensamiento crítico, la reflexión bíblica-teológica profunda y el aprendizaje colaborativo en comunidad.
Considerando estas verdades, y adaptando los principios de Paulo Freire, un currículo de educación en Dios no puede conformarse con modelos bancarios de educación, en los que el estudiante es un recipiente pasivo y el maestro un mero transmisor de datos.[11] En cambio, debe fomentar una pedagogía de la participación, de la responsabilidad compartida, donde se reconozca que aprender también es adorar. Como lo plantea la tradición trinitaria, la educación debe reflejar la mutualidad divina, donde aprender signifique dialogar con el otro en búsqueda de la verdad que nos transforma a imagen del Dios que es comunión eterna entre Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Aunque lo expuesto anteriormente, aparenta ser sencillo, si reconocemos la realidad de la caída, entonces no podemos permitirnos construir un currículo ingenuo. Porque un currículo que solo hable de potencial humano sin mencionar el pecado termina ofreciendo una esperanza falsa. Entonces, es necesario incluir contenidos que aborden el quebranto humano, los límites de la razón, los desafíos del carácter, y el proceso continuo de formación espiritual. El maestro debe ser intencional al incluir textos difíciles, preguntas incómodas, momentos de autoconfrontación y disciplinas que inviten al arrepentimiento, solo así se dará a luz un currículo fiel a la visión bíblica del ser humano, porque buscará crear los espacios para que el Espíritu Santo incomode, confronte, y transforme.
La educación en Dios permite que el currículo se vuelva algo más que una herramienta académica, convirtiéndose en un medio por el cual Dios desafía a aprender y a repensar las prácticas y teologías personales,[12] formando así a sus hijos a la imagen de Cristo. El currículo de la educación en Dios, necesita ser una liturgia pedagógica donde cada materia, cada lectura, cada conversación, tiene el potencial de ser terreno santo, y donde este terreno no es solo para los estudiantes, ya que el maestro también es formado, cuestionado y edificado en el camino. El aula, entonces, se convierte en una comunidad de formación mutua bajo la presencia activa del Espíritu de Dios.[13]
En el proceso de la educación en Dios, entonces, diseñar un currículo es una tarea profundamente espiritual e importante. Por eso, no basta con simplemente seleccionar buenos libros o contenidos relevantes, al reconocerse el aspecto espiritual, se requiere de discernimiento, oración y sensibilidad a lo que el pueblo de Dios necesita en su contexto histórico y cultural.
 

El rol del maestro en el aula

Como se mencionó anteriormente, para el docente, uno de los desafíos más grandes es evitar la tentación de asumir un rol de superioridad. Todos necesitamos comprender que no somos juez, ni modelo acabado de perfección; somos, en el mejor de los casos, un peregrino que camina junto a sus estudiantes, tal vez un paso más adelante, pero igualmente necesitado de la gracia. Esta conciencia cambia profundamente la forma en que ejercemos la autoridad en el aula, la educación en Dios no busca imponer respeto desde el temor, ni usar el conocimiento como instrumento de dominio; se trata, más bien, de ganar confianza desde el servicio. Enseñar como Cristo enseñó: Con autoridad, pero nunca autoritarismo; con ternura, pero sin relativismo; con firmeza en la verdad, pero con compasión hacia la fragilidad del otro. Estos patrones son notorios en el episodio de la mujer adúltera en Jn 8:1-11, donde el maestro de maestros, ante una situación cargada de legalismo, juicio público y manipulación religiosa no responde con violencia ni imposición, sino que apela a la conciencia de los acusadores y confronta su hipocresía con una sola frase: “Si alguno de ustedes nunca ha pecado, tire la primera piedra” (v.7 NTV). Luego, frente a la mujer humillada, no minimiza su pecado, pero tampoco la condena; en cambio, le ofrece una salida redentora: “Tampoco yo te condeno. Puedes irte, pero no vuelvas a pecar” (v.11 NTV).
Al colocarme en el lugar de una de las personas que se reunieron aquel día para escuchar a Jesús, la escena anterior me resulta impactante, presenciar de manera vívida la pedagogía divina que corrige sin aplastar, que afirma la verdad sin anular la dignidad del otro, y que enseña desde el amor restaurador, no desde el miedo o la imposición. Como maestro cristiano, me siento llamado a encarnar una presencia que represente, aunque imperfectamente, el corazón pastoral del Dios Hijo. Como docente, en la práctica esto implica que cada clase es una oportunidad para modelar algo del carácter divino, desde cómo saludar al estudiante rezagado, cómo corregir un error sin humillar, o cómo responder ante la apatía o la rebeldía; estas y otras situaciones me permiten comunicar (quizás sin darme cuenta) quién creo que es Dios y cómo se encuentra actuando en mí.
La educación en Dios pondera la perspectiva trinitaria de la unidad de Dios, que nos ayuda a ver que el Hijo se somete voluntariamente al Padre sin perder su dignidad ni su igualdad ontológica, y que el Espíritu exalta al Padre con absoluta humildad. Esta danza de servicio mutuo, conocida como perichóresis, nos recuerda que la autoridad no significa superioridad estática, sino como menciona Donald Wallenfang, se trata de una disposición para potenciar el yo y el tú, para formar un nosotros.[14] En la práctica, esto desafía al docente cristiano a no enseñar desde el pedestal del saber, sino desde la comunión del discipulado, transformando el ministerio de la enseñanza en un acto de hospitalidad, donde se abre espacio para que el otro crezca, se exprese, se equivoque, y sea transformado por la verdad de Dios. Por supuesto, este ideal no es fácil, ya que hay días de cansancio, de frustración, de incomprensión; pero incluso en esos días, la conciencia de que también somos necesitados de gracia puede sostenernos. Recordemos siempre que el maestro no enseña para impresionar, ni para controlar, sino para servir, y cuando esto se entiende, se recupera el gozo del llamado.
 

El protagonismo del Espíritu en el aula

Cuando partimos de la premisa de que el ser humano mantiene una imagen distorsionada de Dios, entonces, la presencia del Espíritu Santo en la formación teológica no es opcional ni decorativa sino esencial. Si la imagen de Dios debe ser restaurada, y el pecado enfrentado, eso solo puede ocurrir por medio de la obra activa del Dios Espíritu; por lo tanto, todo dogma por más conservador que sea, hoy más que nunca necesita reconocer que Él no es un simple agregado devocional, ni una figura simbólica que invocamos solo al inicio del curso, sino el protagonista poderoso de toda verdadera transformación, ya que convence de pecado, guía a toda verdad y glorifica al Hijo (Jn 16:8-14). En resumen, el obrar del Espíritu Santo es indispensable tanto en el acto de enseñar como en el proceso de aprender.
Una formación teológica que omite al Espíritu Santo corre el riesgo de convertirse en un ejercicio intelectual frío o en una repetición de fórmulas religiosas. ¡No nos engañemos! Podemos tener los mejores contenidos, los recursos más actualizados, los métodos más interactivos, pero si el Espíritu no toca el corazón del estudiante, nada cambia en lo profundo. Por eso, en nuestras clases, no nos acomodemos a solo impartir contenidos, sintámonos más bien desafiados a depender del Espíritu para que esos contenidos se conviertan en vida, discernimiento, obediencia, y entrega total a Cristo.
En una educación en Dios, el aula se transforma en un espacio sacramental, no por rituales, sino porque allí puede y debe manifestarse la presencia del Dios trino que enseña, sana, redarguye y edifica. Así lo sugiere también el apóstol Pablo cuando afirma que “con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados a su semejanza con más y más gloria por la acción del Señor, que es el Espíritu” (2 Co 3:18). En la práctica, como docentes esto nos lleva a adoptar una actitud de oración antes de enseñar, pero no como un rito vacío, sino como una confesión de dependencia. También implica escuchar al Espíritu durante la clase: Quizás Él quiere que pausemos el plan de estudio para atender un corazón quebrantado, o para permitir un tiempo de adoración espontánea, no tengamos miedo de crear ambientes donde el silencio incomode, donde haya espacio para la contemplación, para el testimonio, para la respuesta espiritual. Porque el Espíritu no solo trabaja con la mente; también forma la voluntad, sensibiliza la conciencia y despierta afectos santos.[15]
Entonces, cuando veamos frutos como la transformación personal, la claridad teológica, el deseo de consagración o las restauraciones de relaciones, como maestros debemos reconocer que fue obra del Espíritu de Dios. El éxito del proceso formativo jamás se debe a nuestra elocuencia, ni a nuestra planificación, sino a la gracia que actúa cuando el Espíritu se mueve a través de nosotros. Por eso, antes de planificar el curso, el educador cristiano ora no solo por sabiduría pedagógica, sino por sensibilidad espiritual. Recordemos que la meta de la educación en Dios no es solo formar teólogos competentes, sino discípulos llenos del Espíritu, capaces de vivir y enseñar con poder, humildad y amor.[16]
 

Educar como acto de esperanza

A la luz de este artículo, se enfatiza la importancia de reconocer y contemplar la imagen de Dios en cada persona involucrada en el proceso de enseñanza-aprendizaje. Recordando que esto nos desafía a ver en cada estudiante algo valioso, depositado por Dios mismo, que merece ser cultivado, afirmado y desarrollado. Sin embargo, al mismo tiempo, al afirmar la doctrina de la depravación total, comprendemos que esa imagen ha sido dañada por el pecado. Por ello, la educación en Dios no puede limitarse a motivar o informar; necesita también de la gracia transformadora, capaz de restaurar lo que está roto en el corazón humano.
Desde esta doble convicción, los maestros comprendemos que no enseñamos desde la desesperanza, ni desde el triunfalismo. No creemos que el ser humano pueda salvarse solo con una buena educación, tampoco creemos que todo está perdido, más bien, nuestro llamado es la enseñanza desde la cruz y la resurrección; desde ese lugar donde la verdad más dolorosa y la esperanza más gloriosa se encuentran (en Cristo crucificado y resucitado). Es cierto que a veces veremos frutos inmediatos, otras veces no tendremos ese privilegio; pero la educación en Dios dejará la satisfacción de que sembramos con fe, la esperanza de que Dios sigue obrando (Fil 1:6), y la recompensa de que, en ese proceso, como maestros somos un colaborador, un sembrador, y un testigo de lo que Dios logrará a futuro.
Ahora bien, necesitamos comprender que, esta esperanza no es mero optimismo humano, sino confianza teológica. Confianza en que el Espíritu Santo transforma, y en que la Palabra de Dios no vuelve vacía (Is 55:11), y que incluso nuestras debilidades pueden ser instrumentos de gracia. A la luz de esto, el aula se convierte en un terreno de milagros silenciosos, ya que puede ser el lugar donde un estudiante descubre su vocación, sana una herida antigua, se reconcilia con Dios, o decide amar más a su prójimo. Todo eso puede comenzar con una clase bien planificada,[17] con una palabra a tiempo, con una oración dicha en secreto.
 

Conclusión

Este artículo nos recuerda que enseñar teología no consiste simplemente en transmitir doctrinas correctas; sino que también demanda de un acompañamiento en los procesos de restauración profunda de las personas creadas a imagen de Dios y marcadas por el pecado. La imago Dei nos recuerda la dignidad y el potencial que cada estudiante lleva consigo; la depravación total nos recuerda su quebranto y su necesidad urgente de redención. Ambas verdades, sostenidas en tensión creativa, impiden que caigamos en la arrogancia pedagógica o en el pesimismo educativo, y nos empujan más bien a enseñar con reverencia, compasión, verdad, y esperanza.
También pudimos ver cómo estas doctrinas no son simples formulaciones teológicas, sino fundamentos pedagógicos, que dan forma al aula, al currículo, al rol del maestro, y a nuestra apertura al obrar del Espíritu Santo. Estas verdades nos ayudan a ver que el proceso formativo no es un lujo, ni un proyecto humano autónomo, sino una colaboración con el Dios trino que sigue formando a su pueblo para la gloria de Cristo.
Concluyo pues, afirmando que el aula teológica es un espacio sagrado. Allí no solo se estudia la Biblia, se vive; allí no solo se habla de redención, se anhela; allí no solo se enseña sobre el Espíritu, se aprende a depender de Él. Educar, en este contexto, es sembrar con fe, confiar en la gracia, y participar del milagro cotidiano de la transformación. Los maestros debemos convencernos de la gran verdad: Cada estudiante es un terreno de obra divina en curso, cada maestro es un instrumento frágil pero escogido, y cada clase es una oportunidad para que el Reino de Dios irrumpa, silenciosa pero poderosamente, en medio nuestro.
Recordemos que, educar en Dios no es solo una tarea académica, sino un acto de fe. Fe en que Dios está presente, fe en que cada ser humano puede ser renovado, fe en que nuestro pequeño esfuerzo puede ser parte de una obra grande y eterna. Por eso, enseñar teología y hacerlo bien, con pasión, con ternura, y con verdad, no es solo parte de un trabajo más, sino más bien, es una vocación santa. ¡No hay honor más grande, no hay vocación más hermosa que ser partícipes en el obrar formativo del Espíritu! Como apasionado por la formación teológica, solo me resta decir: “Que nunca perdamos de vista este maravilloso llamado, que nunca enseñemos sin esperanza, que nunca planifiquemos sin oración, que nunca corrijamos sin gracia. Porque al final, enseñar teología no es solo un trabajo, es, verdaderamente, un acto de adoración al Dios trino”.
[1] Todos los textos bíblicos serán tomados de la Versión Nueva Versión Internacional, revisión de 1999, salvo en los casos cuando se indique de otra forma.
[2] Anthony A. Hoekema, Created in God's Image (Grand Rapids: Eerdmans, 1994), 31-32.
[3] Lucy Peppiatt, The Imago Dei: Humanity Made in the Image of God (Eugene: Wipf & Stock, 2022), 130.
[4] James R. Estep Jr., “The Triune God and Christian Education”, in A Theology for Christian Education, eds. James R. Estep Jr., Michael J. Anthony y Gregg R. Allison (Nashville: B&H, 2008), 118.
[5] Ibíd., 104.
[6] Gregg R. Allison, “Humanity, Sin and Christian Education”, in A Theology for Christian Education, eds. James R. Estep Jr., Michael J. Anthony y Gregg R. Allison (Nashville: B&H, 2008), 192.
[7] Peppiatt, The Imago Dei, 54.
[8] Para Platón, la virtud personal es el reflejo de una estructura interna bien ordenada, guiada por el conocimiento y la contemplación del bien supremo, aquí recae la importancia para que el maestro busque impactar esta área de vida de sus estudiantes. Se recomienda Rosa María Mariño Sánchez-Elvira, Salvador Mas Torrez y Fernando García Romero eds., La República: Platón (Madrid: Akal, 2008).
[9] Kenneth Boa, Conformados a su imagen: Un acercamiento bíblico y práctico para la formación espiritual (Miami: Vida, 2006), 157.
[10] Dennis P. Hollinger, Head, Heart and Hands: Bringing Together Christian Thought, Passion and Action (Downers Grove: InterVasity, 2005), 191.
[11] Paulo Freire, Pedagogía del oprimido, 50 aniversario (México DF: Siglo XXI, 2020), 67–69.
[12] Orlando Nang Kwok Ho, Rethinking the Curriculum: The Epistle to the Romans as a Pedagogic Text Gateway East: Springer Nature Singapore, 2018), 160.
[13] Ibíd. Para Nang el proceso de enseñanza-aprendizaje no se limita a la transmisión de contenidos desde el docente hacia el estudiante, sino que se configura como una comunidad de aprendizaje mutuo, donde ambos sujetos (el que enseña y el que aprende) se reconocen como portadores de experiencias, preguntas, dones y comprensiones que enriquecen el proceso formativo. Si como docentes llegamos a crear un espacio dialógico, el conocimiento dejará de ser un producto estático y se transformará en una construcción compartida.
[14] Donald Wallenfang, Phenomenology: A Basic Introduction in the Light of Jesus Christ, (Eugene: Wipf & Stock, 2019, version GoogleBooks).
[15] Hollinger, Head, Heart and Hands, 192.
[16] Fred R. Sanders, The Deep Things of God: How the Trinity Changes Everything (Wheaton: Crossway, 2010), 147.
[17] Sondra Higgins Matthaei y Nancy R. Howell, Proleptic Pedagogy: Theological Education Anticipating the Future (Eugene: Cascade, 2014), 24.